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lunes, 4 de marzo de 2019

CULTURA/ ARTE

Kiriko

Pablo Milanés: "El reggaeton no es música: es recitar cosas groseras"

Crédito: ÁNGEL NAVARRETE /Diario El Mundo

Por: Inako Diaz Guerra/ Madrid.

Pablo Milanés. Bayamo, Cuba, 1943. Cantautor. Hoy toca en el Inverfest 2019 de Madrid, patrocinado por Hyundai. En los 60 lideró, junto a Silvio Rodríguez, la Nueva trova cubana y 50 años después aún tiene energía para sacar cuatro discos en un año. Eso sí, la música y la política actuales le ponen malo.

¿Qué relación mantiene un artista con canciones con las que lleva conviviendo décadas? ¿Aún las quiere? ¿Le aburren? ¿Se convierten en rutina?

Las quiero, las quiero. A unas más y a otras menos, pero a todas. Antes de dar a conocer una canción, tú ya has hecho una selección. Has escrito y roto papeles una y otra vez, hasta que das con lo que querías. Esa selección previa ya significa que la canción te complace. Todas las canciones publicadas, en definitiva, son preferidas tuyas.

¿Suele coincidir con el gusto del público a la hora de valorar sus canciones?

Desgraciadamente, siempre hay una o dos canciones en cada disco que son las que gustan al público y otras 10 que quedan en el anonimato y a mí me encantan. Al final esas canciones las escribes para ti mismo.

Hay artistas que acaban odiando cantar sus grandes éxitos. ¿Es su caso?

No, no. Mis canciones más conocidas me gustan mucho. Es increíble, porque no sé los miles de veces que la habré tocado, pero aún disfruto al cantar Yolanda. Disfruto de verdad. Lo que pasa es que uno siente también dolor por aquellas que son desconocidas y sigo intentando cantarlas en mis recitales, aunque sea correr cierto riesgo. El público merece conocer cosas que no ha oído nunca y yo no quiero acomodarme, que es un posibilidad a estas alturas de carrera.
Vivimos un 'boom' de la música latina a nivel mundial, pero, obviamente, son estilos que nada tienen que ver con lo que ustedes popularizaron hace 40 años. 

¿Le interesa el fenómeno del reggaeton y derivados?

No. Si acaso, me interesa en el sentido de analizarlo y criticarlo. La música de hoy se ha comercializado tan absolutamente que ya no es música. Diría que el reggaeton es un recitativo de cosas, a menudo, groseras. Ya no tiene nada que ver con la música. Lo que están haciendo son monólogos. Cabe más dentro del teatro que dentro de la música... si es que el teatro los admite.

Para quien, principalmente, cantó al amor y a la revolución, ¿resulta frustrante cómo se tratan ahora estos temas en la música?

No se tratan, los evitan. La vida es la misma y la situación social y cultural del mundo es la misma. Sigue habiendo cosas para expresar que generen un sentimiento de amor y de lealtad al ser humano. Todo eso se está traicionando. Ahora hablan de cosas que nada tienen que ver con eso, que son superficiales y groseras. Evaden todas las razones de la existencia del ser humano. Me parece lamentable y me parece más lamentable aún que haya compañías internacionales que estén apoyando eso, que estén inventando a diario pseudoestrellas que se desinflan rápido, pero da igual porque inventan otra, otra y otra. Así el mercado no se agota, porque hay una cadena de artistas, emisoras, televisiones y compañías que no cesan de especular.
Cuatro de sus hijas se han dedicado a la música...
Más, más. Tengo otro mayor y otro pequeño que también. Ha sido espontáneo, porque ninguno tomo consciencia de quién yo era y lo que hacía hasta los 12 años.

¿Y ninguno ha elegido estos estilos que no le gustan?

¡Cómo que no! Un hijo mío hace rap. Antonio, de 18 años. Tiene una formación clásica, pero le dio por el rap. Y yo no me opongo a eso, siempre que sus textos sean admisibles. Está creando una serie de melodías alrededor del rap que, para mí, son algo innovador. En fin, yo hubiese querido otra cosa, pero ¿qué le voy a hacer? Son los tiempos y las influencias y contra eso no se puede hacer nada.
Usted fue durante muchísimo tiempo un gran defensor de la Revolución cubana y del castrismo, aunque tuvo sus más y sus menos en los últimos años.

 ¿En qué punto está su relación con Cuba?

Yo soy residente y ciudadano cubano. Vivo allí con mi familia, aunque como mi mujer es española venimos a menudo. Amo a mi país y, por favor, no caigamos en una conversación política porque no quiero hablar de eso.

 ¿Por qué alguien que siempre ha hablado abiertamente de política ya no quiere tratar el tema?

Me he cansado. Actualmente considero a los políticos lo contrario de lo que es un revolucionario. No me cuesta hablar de Pepe Mujica, de Nelson Mandela... Pero, fuera de ellos, no encuentro nadie al que se le pueda incluir en lo que debería ser un político y es un revolucionario.

¿Tampoco a Fidel Castro?

Él fue un hombre, nada más.

¿Y usted?

Yo soy un revolucionario. No soy otra cosa. Un hombre de izquierdas revolucionario y creo que ya me muero así. Los revolucionarios no cambian. Esa es la esencia. Y cuando un revolucionario se convierte en un político y hace concesiones, se traiciona a sí mismo. Ya no es revolucionario.

Dijo en una ocasión que desconfía de los dirigentes que superan los 75 años. 
Usted va a cumplir 76. ¿Nos podemos fiar de los músicos de esa edad?

Sí, claro. Al menos mientras tenga facultades, que es el problema. Yo considero que aún las tengo y cantaré hasta que, por lealtad a mí mismo, vea que ya no puedo más.

¿Se vuelve uno perezoso con los años? ¿Alguna vez piensa que para qué se va a poner a trabajar y componer, si cantando Yolanda ya lo tiene hecho?

¡Qué va, qué va! En 2018 hice cuatro discos: uno de salsa, otro de canciones tradicionales cubanas, otro con un pianista con el que trabajo hace años y otro en inglés. Imagina tú si me quedan fuerzas y voluntad para seguir trabajando. Todo eso aparte de los conciertos, que voy a cualquier pueblo del mundo donde me inviten. Aún me queda energía.

Extraído de Entrevista Final de El Diario El Mundo
CULTURA


Kiriko



Alicia Maguiña: "Nunca he cantado adefesios, siempre me he fijado en las letras"


Alicia Maguiña: "Nunca he cantado adefesios, siempre me he fijado en las letras"
Foto: Diario El Correo
Compositora, intérprete e investigadora ha publicado suautobiografía Mi vida entre cantos, donde cuenta su exitosacarrera en la música

Alicia Maguiña nunca tuvo miedo de decir lo que piensa, sin retoques, ni medias verdades. En un país de apariencias esto es peligroso, la polémica siempre será una compañera permanente. Hoy, a sus 80 años, más lúcida que nunca, sigue siendo valiente y frontal y no tiene reparos en aclarar lo que se comenta de ella y no le gusta. “Dicen que hace algunas semanas, en la presentación de mi libro Mi vida entre cantos, dije que los hijos de los compositores no tienen autoridad para hablar de música criolla y eso es falso. Lo que dije exactamente fue que a mí me parece que los hijos de los artistas criollos fallecidos no deben hablar de lo que no conocen. No he dicho que no canten, que no toquen, que no hablen de las anécdotas de sus padres o madres, pero los hijos de Alberto Haro, Eduardo Márquez Talledo, Lorenzo Humberto Sotomayor, por ejemplo, no se ponen a analizar sus letras o hablan del proceso de creación de sus valses, que es tan personal y único. Ni Carmencita Pinglo cuando vivía hacía eso, nadie. Eso es lo que dije y pienso”.

Aclarada la polémica, ¿por qué crees que en lugar de empezar a leer tu libro, muchos tratan de buscar el enfrentamiento?
Porque la gente es muy vacía, deberían haber leído el libro y enterarse de las cosas que digo no de mí, sino de la marinera limeña, del tondero, de la tunantada, cómo describo lo que he vivido y qué trato de transmitir.
Mucha gente pensaba que Mi vida entre cantos iba a ser la autobiografía de una vida intensa y más ligada a lo personal... 
Todos pensaban que solo iba a hablar de mi matrimonio con Carlos Hayre.
A propósito, en el libro aclaras que él no fue influyente en tu carrera musical... 
Muchos creen que él me hizo. Cuando empiezo a trabajar con Hayre, que si no me equivoco fue en el año 1966 o 1967, ya había escrito “Indio”, me lo había grabado Olga Guillot, Toña La Negra, Daniel Santos, también había escrito “Viva el Perú y Sereno”. Reconozco que haber trabajado con Hayre, a cualquier intérprete de la canción, sobre todo costeña, era un gran apoyo, pero él no me enseñó nada. Cuando lo conocí, yo sabía a cabalidad lo de la marinera limeña y, es más, lo conozco desde mi primera grabación en Sono Radio.
¿No te daba ni siquiera consejos? 
Yo escogía mi repertorio. A mí no me daba consejos. Cuando Óscar Avilés se reencuentra conmigo (había sido su alumna cuando tenía 14 años), me dice: “Estás cantando más agudo de tu tono de voz. Tú tenías un dulce registro, vamos a bajar los tonos para que sea más natural”. Lo acepté y salió lindo. A mí nunca me dijo Carlos Hayre que cantaba muy alto y que vocalice mejor. No. Él no se metía.
Hablando de Avilés, en un capítulo de tu libro sobre la marinera limeña, que es casi un tratado, hasta le enmiendas la plana... 
Pero con respeto y básicamente sobre cómo se compone una marinera limeña, porque él siempre fue un maestro.
Y admites también que Chabuca Granda no fue una influencia en tu carrera... 
Chabuca me llevaba 18 años, siempre la he admirado y la sigo admirando como a otros, pero ya dije suficiente sobre ella. Hay artistas actuales que he oído que dicen que ella hasta tenía aura; creo que están como santificándola. Como compositora, Chabuca no me trataba como lo hacía con las cantantes, que hay varias que dicen que las ha ayudado.
Y sabrosa esa anécdota que cuenta en Mi vida entre cantos sobre el origen de la marinera con resbalosa “Dale, toma”, que la escribió luego de un encuentro poco grato con Chabuca Granda, en la que una muy joven Alicia se siente “ninguneada”. “Si tanto crees que sabes (toma, toma, toma), contéstame esta jarana (dale, dale, dale), qué pasa que no respondes (toma, toma, toma)”.
¿Ya no sales a jaranas, Alicia?
Es que no hay como a las que iba. A la casa de La Valentina, Luciano Huambachano, aunque realmente de verdad nunca he sido bohemia.
¿Y sigues enseñando a bailar marinera limeña? 
Hasta ahora, pero voy a parar porque ya no tengo paciencia. Soy vehemente, a veces tengo que fingir, pero en el fondo me provoca darles un pellizcón porque no todos los que vienen tienen condiciones.
¿Has dejado de componer?
Sigo haciéndolo, tengo valses, marineras. Me falta ponerle una resbalosa que le debo entregar para que la grabe Carlitos Castillo.
¿Cómo vamos con el ego?
No me creo lo máximo, siempre he sido mi principal crítica, pero eso sí, toda la vida me he hecho respetar y le he tenido mucho respeto al público. Nunca he cantado adefesios, siempre me he fijado en las letras.
¿Eres nuestra última diva de la música popular? 
Para nada, siempre recuerdo lo que me decía mi mamá: “Alicia, tú eres diferente”.

Datos

- 2 hijos tiene la artista Alicia Maguiña. Uno vive en Vancouver.
- En 1956, compuso su vals “Inocente amor”, que se estrenó por Los Troveros Criollos.

Perfil




Compositora e intérprete. Nació en Lima el 28 de noviembre de 1938. Entre sus éxitos como autora se encuentran “Soledad Sola”, “Indio” y “Viva el Perú y Sereno”, entre otros.

Extraído de El Diario El Correo

viernes, 8 de febrero de 2019

DERECHOS SOCIALES

Kiriko

AFPs: Reformas Urgentes


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Las AFPs aumentaron sus ganancias en 2018 porque nos cobraron comisiones por 1,300 millones de soles, 77 millones más que el año anterior. Pero los afiliados perdimos 1.3% (en los fondos 2, en los fondos 3 fue peor) de nuestra cuenta, la rentabilidad es negativa aún sin considerar el costo de las comisiones.
Hay que anotar que la rentabilidad de las AFPs en casi 18 por ciento es altísima: nunca ni en el mejor de los años los afiliados hemos estado siquiera cerca de esa cifra. Cualquier negocio que saque 8 a 10 % de rentabilidad anual es considerado altamente rentable.
Haciendo una comparación, vemos que el sistema privado que nos dicen es siempre muy eficiente nos obliga a pagarles comisiones a cuatro AFPs en manos de grandes grupos financieros por 1,300 millones de soles anuales, cuando el estado gasta en 540 mil adultos mayores en extrema pobreza suma 860 millones de soles (y ni 20 millones se van en la administración de ese sistema). Pero para los neoliberales eso es justo, para mí es muy injusto. El sistema de AFPs requiere reformas urgentes, acá una idea de reformas parciales y de otras más globales.
1.     Cambios parciales
Propuesta 0: Aprobar el Régimen Especial de Jubilación Anticipada – REJA de manera permanente. Alguien que a los 55 años está desempleado debe poder retirar su dinero para invertirlo en un negocio que le de ingresos básicos. Una pena que Vizcarra haya observado la ley que amplía temporalmente el REJA.
Propuesta 1: En Uruguay y Chile se ha formado una AFP pública con comisiones bajas. En Uruguay desde el inicio del sistema, con gobiernos de derecha. ¿Por qué los afiliados no podemos escoger, si queremos, un administrador público, si se trata de nuestros fondos?
Propuesta 2: Soy afiliado pero desconozco en qué está invertido mi dinero, representando mi fondo nombraron al fujimorista José Chlimper en el directorio de Graña y Montero donde circulaban coimas a granel, y se ponen la mitad de mi dinero en el exterior en no sé qué fondos mutuos pagando no sé cuánto de comisiones. Debe haber transparencia y participación de los afiliados en las AFPs, tenemos derecho a saber lo que hacen con nuestra plata y a opinar al respecto.
Propuesta 3: Aun cuando existe el sistema público administrado por la ONP, todas las reglas de juego están sesgadas a favor de las AFPs: menores descuentos, pensión o fondo acumulado aun cuando no tengas 20 años de aportaciones, posibilidad de retirar el 95% de tu fondo a los 65 años para que tenga condiciones no peores que las AFPs. La cancha debe estar nivelada.
Propuesta 4: La mayoría de peruanos aún no tiene ni siquiera una pensión de sobrevivencia: se podría eliminar exoneraciones tributarias a bancos y aseguradoras y destinar ese dinero a un fondo para pensión universal.
Propuesta 5: Permitir que los bancos, así como administran CTS y tienen Fondos Mutuos, puedan administrar fondos de pensiones. Abrir la competencia es algo básico.
Propuesta 6: Limitar la cantidad de dinero de nuestros fondos que ponen en el exterior, que hoy suma 70 mil millones de soles que podrían invertirse en el Perú a rentabilidades mucho mayores: si la banca tiene rentabilidades casi del 20 por ciento y a las pymes les cobran 40 por ciento! Los fondos de pensiones de Estados Unidos, Alemania o Inglaterra no tienen la mitad del dinero en el exterior, de ninguna manera.
Propuesta 7: Establecer un Sistema de Vigilancia de las Comisiones, obligando a las AFPs a sustentar sus cobros y poniendo un tope a la rentabilidad que las AFPs obtienen esquilmando a los afiliados con comisiones abusivas.
2.     Reforma Global
Las medidas anteriores son parciales, pero mejor sería una reforma integral del sistema de pensiones y de seguridad social en lo referido a discapacidad permanente y accidentes y enfermedades de trabajo.
Un sistema adecuado sería un sistema universalista y de pilares superpuestos, donde todos los peruanos mayores de 65 años y con discapacidad severa reciban una pensión básica, complementada con un sistema público de pensiones “de reparto” y redistributivo somos fue inicialmente el Sistema Nacional de Pensiones, y con un mecanismo de ahorro adicional sumamente flexible en el sistema financiero. Una revisión de las experiencias de Chile, Uruguay, México, Bolivia sería fundamental para recoger los sistemas y reformas de países vecinos.
Recuperado de Pedro Francke

lunes, 3 de diciembre de 2018

POLÍTICA

Kiriko



“La forma mas eficaz para equilibrar el juego político es la movilización”


Adam Przeworski,* teórico de la democracia y especialista en comportamiento electoral


Foto: Paginan12

La entrevista comenzó a gestionarse hace cosa de un año. Su agenda impedía encontrar el cuándo, pero desde entonces sugirió intentarlo, cada tanto, hasta que pudiera concretarse. Y es que Adam Przeworski reparte sus días entre la docencia, la escritura y las conferencias y charlas que brinda. En diálogo con PáginaI12, reflexiona sobre la democracia, sus alcances y limitaciones, entre otras cuestiones. El académico polaco-estadounidense analiza la viabilidad de las instituciones democráticas como mecanismos eficientes de representación política, la convivencia entre el capitalismo y la democracia, los altos niveles de desigualdad, el impacto del dinero en la política, y los efectos sobre la calidad democrática.

–Usted ha estudiado en profundidad comportamientos electorales en sistemas democráticos. ¿Qué es exactamente lo que la gente hace cuando vota?

–Esta es una pregunta delicada, porque la respuesta depende de si nos referimos a “el pueblo”, en singular, o a “la gente”, en plural. En las democracias, el pueblo como colectividad decide quién lo gobernará y cómo, transmitiendo instrucciones al gobierno sobre lo que debe hacer. A su vez, todo lo que las personas, como individuos, pueden hacer es expresar sus preferencias entre las opciones que se les ofrece, con la esperanza de que muchos compartirán esas mismas preferencias. Sí hay que tener en cuenta que votar y elegir no son la misma cosa.

–¿Por qué el acto de votar no connota una elección?

–En los sistemas de partido único, las “elecciones” sirven sólo para intimidar a una resistencia potencial en lugar de seleccionar a los gobiernos. En muchos otros países se tolera la oposición, pero los gobernantes se aseguran que nadie tenga la posibilidad de removerlos. Sin embargo, aún cuando las elecciones no decidan quién va a gobernar, ello no significa que sean insignificantes. La celebración de elecciones no competitivas es un fraude, pero es un fraude si partimos del ideal de que la fuente última de poder reside en el pueblo. Admitir una norma y violarla en la práctica es una gestión poco convincente. Por lo tanto, aun cuando no son competitivas, las elecciones ponen nerviosos a todos los dirigentes, algo que todas las elecciones tienen en común.

–¿Cuál es su definición de democracia?

–Mi consideración de la democracia es “minimalista”: la democracia es un arreglo político en el que la gente selecciona gobiernos por medio de elecciones y tiene una posibilidad razonable de removerlos. Hay que notar, sin embargo, que esta definición asume las condiciones previas para la disputa de elecciones –los derechos y las libertades, simplemente porque sin ellas el gobierno en funciones no podría ser derrotado. Por lo tanto, esta definición no es tan minimalista como puede parecer a primera vista.

–¿Y cómo sería una democracia ideal?

–Para una coexistencia en paz, debemos ser gobernados, y serlo implica en algunas ocasiones que se nos prohíba hacer lo que queremos y en otras que se nos ordene hacer lo que no queremos. La democracia es un método para procesar conflictos entre personas con diferentes intereses, valores o normas. En todo momento y en toda sociedad existen conflictos acerca de algo. Pensemos en las divergencias y los choques que se suscitaron alrededor del tema del aborto en la Argentina. Y lo que esto significa: que siempre hay ganadores y perdedores. Incluso mucha de la gente que votó por el candidato ganador termina decepcionada por su desempeño. Aún cuando una democracia funcione muy bien habrá gente descontenta. Si valoramos este sistema, es porque permite luchar por nuestros intereses y nuestros ideales, porque repetidamente renueva nuestras esperanzas, no porque siempre obtengamos lo que queremos. Dicho esto, es obvio que algunas democracias funcionan mejor que otras, y que todos los sistemas democráticos se pueden mejorar en algunos aspectos.

–¿Qué tiene en cuenta a la hora de evaluar la calidad democrática?

–La medida en que la igualdad política se ve socavada por la desigualdad económica, específicamente, la influencia del dinero en política.

–¿Cuáles son los principales problemas con los que se enfrentan las democracias hoy?

–Sin ninguna duda, la pobreza y la desigualdad, la xenofobia y el racismo. Lo primero que se debe tener en cuenta es que las instituciones políticas funcionan en sociedades particulares, diversamente divididas por riqueza, religión, origen étnico, y otras cuestiones, y que hay límites a lo que un sistema político puede lograr. Ni siquiera los gobiernos democráticos mejor intencionados pueden hacer todo lo que la gente quiere. Por otra parte, con frecuencia sucede también que los gobiernos no saben qué hacer: creo que esto corre para la situación económica actual de la Argentina. Los límites más importantes a la democracia se originan en el capitalismo, un sistema en que las decisiones relativas a la asignación de recursos productivos –inversión y empleo– son guiadas por la competencia del mercado. El capitalismo impone límites a las decisiones que pueden ser alcanzadas por el proceso democrático, límites que atan a todos los gobiernos sin considerar su convicción ideológica.

–¿A qué se refiere con que “el gobierno (argentino) no sabe qué hacer”?

–No es sólo el gobierno que no sabe qué hacer frente a la crisis. Ni sus varios consejeros ni la oposición tienen idea. Los economistas dicen “por un lado” y “por otro lado”, y el gobierno vacila entre los lados sin que sus mediadas tengan el efecto deseado.

–Recién dijo que los límites más importantes a la democracia se originan en el capitalismo ¿Qué alternativas hay al capitalismo?

–Creo que no hay alternativas al capitalismo, por lo que la democracia está condenada a funcionar dentro de estos límites. Esto no significa que todos los gobiernos democráticos sean lo mismo: hay espacios dentro de estos límites que dependen de las condiciones específicas de cada sociedad y de su configuración política.

–Pero en líneas generales, ¿a qué se reduce la noción de democracia frente a las políticas económicas que rigen el mundo, el avance de los partidos extremistas en Europa y la enorme desigualdad?

–Son tiempos difíciles para las democracias prácticamente de todo el mundo, por todas estas razones. El mayor peligro es que algunas fuerzas políticas reclamen con éxito que la única manera de solucionar las crisis económicas, las divisiones fuertemente arraigadas en la sociedad, o las rupturas del orden público, sea abandonando la libertad política, unirse bajo un líder fuerte, reprimir la pluralidad de opiniones, en resumen, recurrir a la autocracia, el autoritarismo, la dictadura, o como cada uno lo quiera llamar. La lección que aprendemos de las experiencias recientes de Venezuela, Turquía, Hungría, y mi Polonia natal, es que las instituciones democráticas no contienen salvoconductos que las protejan de ser derribadas por gobiernos debidamente elegidos y acatando las normas constitucionales. Cuando Hitler llegó al poder, la posibilidad de un camino legal hacia la dictadura fue vista como un defecto de la Constitución de Weimar. Sin embargo, esta posibilidad puede ser general. Lo fundamental es que el desgaste de la democracia no conlleve una violación de constitucionalidad. A su vez, cuando el gobierno toma medidas que no son flagrantemente inconstitucionales o antidemocráticos, los ciudadanos que se benefician de sus políticas son lentos para reaccionar incluso cuando valoran la democracia.

–¿Por qué agrupa a Venezuela, Turquía, Hungría y Polonia?

–Porque son los cuatro países donde los gobiernos intentan remover todos los obstáculos institucionales que puedan impedir que hagan lo que quieran y pongan en jaque su perpetuidad en el poder.

–¿Cuáles son las diferencias principales entre las democracias europeas y latinoamericanas actuales?

–Suelo convertirme en blanco de críticas por decir esto, pero creo que las diferencias no son entre continentes. Chile no es Honduras, Noruega no es Rumania. La principal línea divisoria es la corrupción. El grado de corrupción en la Argentina y en Brasil no tiene paralelos en Europa.

–¿Se refiere a beneficiar a ciertos sectores o al financiamiento electoral de la política?

–La utilización del dinero para financiar la política es el azote de la democracia prácticamente en todos lados. Pero no creo mucho en la eficacia de la regulación legal. Se pueden escribir todo tipo de reglas, pero tienen poco efecto. No son eficaces porque los que supuestamente tienen que hacerlas cumplir están sujetos a la misma influencia de dinero como aquellos a los que regulan. La forma más eficaz para equilibrar el juego político es la movilización de las personas con pocos recursos económicos, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil, como ocurrió en los países escandinavos hasta hace poco.

–¿Qué fue lo que ocurrió allí?

–La presencia de sindicatos fuertes que apoyaban a los partidos de izquierda hacía que los recursos financieros y organizacionales que entraban en los juegos de influencia estuvieran bien balanceados. Sin embargo, en la actualidad los sindicatos son más débiles y sus relaciones con los partidos social-demócratas mucho más distantes.

–Sostiene que “la igualdad política no es posible en sociedades económica y socialmente desiguales”. ¿Por qué?

–La respuesta fue dada por Marx en 1844, en “Sobre la cuestión judía”. Cuando la gente que es desigual en términos de riqueza, ingresos, educación, entra en el campo político, pierde todos estos atributos. Como “ciudadanos” somos todos anónimos, indistinguibles: “una persona, un voto”. Pero una igualdad política formal no es suficiente para generar una igualdad de influencia política real. Incluso cuando tienen igualdad de derechos, algunas personas carecen de las condiciones materiales necesarias para participar en política. Los derechos para actuar no son más que un vacío si se carece de las condiciones habilitantes, por lo que la desigualdad de estas condiciones es suficiente para generar desigualdad de influencia política. Por otra parte, la competencia entre los grupos de interés para influir políticamente inclina las políticas de los gobiernos a favor de aquellos que son ricos o que están mejor organizados.

–Aun si existieran los derechos para actuar y las condiciones habilitantes a las que se refirió, y considerando que partimos de la premisa de que se trata de democracias capitalistas, ¿no se trata en realidad de democracia electoral sin más?

–La relación entre democracia y capitalismo está sujeta a opiniones contrapuestas. Uno afirma una afinidad natural de “libertad económica” y “libertad política”. Libertad económica significa que la gente puede decidir qué hacer con su propiedad y su capacidad o fuerza laboral. Libertad política significa que puede dar a conocer sus opiniones y participar en las elecciones que determinarán quién y cómo gobernará. Pero equiparar los conceptos de “libertad” en los dos terrenos es sólo un juego de palabras. Si revisamos la historia nos sorprenderíamos por la coexistencia del capitalismo y la democracia. Desde el siglo XVII casi todo el mundo, a la derecha y la izquierda, creía que la desigualdad económica no podía coexistir con la igualdad política. Estas predicciones extremas resultaron ser falsas.

–Pero al mismo tiempo considera que la igualdad política no es posible en sociedades económica y socialmente desiguales...

–En algunos países la democracia y el capitalismo coexistieron sin interrupciones durante al menos un siglo y en muchos otros países por períodos más cortos, pero sin embargo extensos, la mayoría de los cuales siguen hasta hoy. Los partidos obreros que tenían la esperanza de abolir la propiedad privada de los recursos de producción se dieron cuenta de que esta meta es irrealizable, y aprendieron a valorar la democracia y a administrar las economías capitalistas cada vez que ganaron las elecciones. Los sindicatos, también originalmente vistos como una amenaza mortal para el capitalismo, aprendieron a moderar sus demandas. Como resultado, los partidos obreros y los sindicatos aceptaron el capitalismo, mientras que los partidos políticos burgueses y las empresas aceptaron cierta redistribución del ingreso. Los gobiernos aprendieron a organizar este compromiso: regular las condiciones de trabajo, desarrollar programas de seguro social e igualar oportunidades, y en paralelo, promover la inversión y contrarrestar los ciclos económicos. Sin embargo, este compromiso hoy está roto.

–¿En qué sentido lo está?

–Los sindicatos perdieron mucho de su capacidad para organizar y disciplinar a los trabajadores y con ello su poder de monopolio. Los partidos socialistas perdieron sus linajes de clase y con ello su peculiaridad ideológica y política. El efecto más visible de estos cambios es el exorbitante aumento de la desigualdad en el nivel de los ingresos. Justamente, un punto central en el neo-liberalismo de Thatcher y Reagan era debilitar los sindicatos y abrir fronteras al flujo de capitales. Los efectos sobre la distribución del ingreso por beneficios y salarios son dramáticos. En los Estados Unidos hasta el final de los 70 y en Europa hasta el final de los 90 los salarios crecían a tasas casi idénticas a las del crecimiento de la productividad. Y de repente los salarios dejaron de crecer aunque la productividad crece. Otra cuestión que evidencia lo mismo es el hecho de que la participación de la remuneración al trabajo en la distribución del valor agregado disminuyó bruscamente. Creo que estos efectos fueron intencionados, que el neoliberalismo fue un autogolpe de la burguesía.

–Usted comentó que, por cuestiones que tienen que ver con su historia personal, sigue de cerca lo que ocurre en la Argentina y Brasil, entre otros países de la región ¿Cuál es su análisis político y económico de lo que sucede por estos lados?

–Siempre dudo acerca de opinar a fondo de países en los que no vivo. Desde el exterior, es evidente que la Argentina y Brasil enfrentan crisis urgentes, pero esto es una banalidad. La corrupción generalizada es su característica compartida, pero tengo la impresión de que la estructura de las crisis económicas no es la misma. La estructura económica de Brasil está mucho más diversificada que la de la Argentina. Brasil está experimentando un estancamiento a largo plazo, mientras que la Argentina experimenta fuertes altibajos.

–¿Hasta qué punto la intromisión de organismos internacionales en la política interna de un país –el Fondo Monetario Internacional (FMI) en el caso de la Argentina– no socava la democracia?

–Estudié el tema en detalle, y creo que los programas del FMI lastiman el crecimiento a largo plazo, principalmente al obligar a los gobiernos a reducir la inversión en infraestructura. Pero no creo que socaven directamente la democracia: después de todo, son gobiernos elegidos democráticamente los que acuden al FMI, a veces sólo para conseguir un pretexto de lo que quieren hacer de todos modos.

Profesor de la Universidad de Nueva York, Adam Przeworski (Varsovia, 1940) es uno de los politólogos más influyentes de todos los tiempos. Sus teorías sobre los alcances de la democracia, las limitaciones y los obstáculos a los que se enfrenta y su aporte sobre la naturaleza del voto popular en estos sistemas lo convirtieron en un referente. En diálogo con Página12 repasa sus aportes.

Extraído de Diálogos de Pagina12

domingo, 25 de noviembre de 2018

REGIONAL/ POLÍTICA

Kiriko

“Están intentando romper el contrato social del estado de bienestar”

Daniel García Delgado* sobre el cambio de ciclo político y el régimen del neoliberalismo tardío


Foto: Pagina 12

Por Javier Lorca

–¿Qué es el neoliberalismo tardío? 
–El neo liberalismo abarca las políticas pro-mercado, inspiradas en Friedman, Hayek, etc., que tuvieron etapas dictatoriales desde los 70 y luego etapas democráticas desde el Consenso de Washington. Decimos que el neoliberalismo actual es tardío porque se trata de un modelo que llega al poder y abre su economía en un momento en que las economías de la mayoría de los países centrales empiezan a cerrarse. Hoy hay luchas arancelarias en todo  el mundo menos aquí. Los países protegen su empleo, su producción... Y este modelo hace exactamente lo contrario. En los ‘90 había un comercio global muy interconectado, había inversiones internacionales de empresas. Pero hoy cada bloque trata de proteger lo suyo: Trump está en guerra arancelaria para recuperar su economía real, mientras acá estamos destruyendo la economía real en función de la economía financiera y la extractivista, para pagar deuda. La segunda cuestión es que Argentina parece a trasmano de las tendencias económicas mundiales. Superada la crisis de 2008, en los últimos años el mundo empezó a crecer y a tener más empleo. Nosotros no. Estamos segundos en recesión a nivel mundial y cuartos en inflación, una performance que no coincide con lo que pasa en el resto del mundo. No es que hay una tormenta perfecta que afecta a todos por igual. Finalmente, también creo que es tardío porque este neoliberalismo va a contramano de una conciencia social adquirida en la etapa anterior, relacionada con un Estado orientado por derechos, productivista e inclusivo. Parte de los problemas que tiene hoy el Gobierno se vinculan a su reciente asociación con el FMI: a la gente, eso le recuerda la crisis de 2001. 
–¿Por qué cree que se produjo este retorno neoliberal en Argentina?

–Hay muchos factores que cimentaron esta posibilidad. El período anterior fue bastante excepcional: la voluntad política de los gobiernos progresistas de incluir, distribuir y fomentar el desarrollo se encontró además con la emergencia de China consumiendo productos primarios a precios altos. Eso les permitió obtener ganancias extraordinarias y desendeudarse. Después de la crisis de 2008 y la caída de las commodities, ya en el 2012 se comenzó a sentir la pérdida de capacidad de generar empleo privado. Poco después, los gobiernos se empezaron a complicar por la escasez de divisas, por la restricción externa, y administraron las divisas. También aparecieron nuevas demandas en las sociedades. Una vez que se satisface una demanda –por ejemplo, el acceso al empleo– aparecen otras más complejas –por ejemplo, reclamos de más y mejores servicios públicos, o de una redistribución del ingreso, calidad de vida, etc.–. En el caso argentino, el gobierno no estaba muy preparado para ese tipo de demandas. También hubo errores propios de estas coaliciones productivas, inclusivas, populares de la región.

–¿Qué errores cree que cometieron esos gobiernos?

–Me refiero a la construcción política, no ampliaron sus coaliciones o subestimaron al adversario que tenían enfrente. En los últimos años pensaron que alcanzaba con lo propio, con pescar en la pecera, la propuesta era el proyecto. A partir del conflicto con “el campo”, que fue un punto de inflexión, se empezó a posibilitar la conformación de una coalición novedosa, que apelaba a subjetividades de sectores medios, a sectores empresariales enojados con el populismo –si bien los empresarios ganaban mucha plata y crecía la economía, el salario real y las presiones de los trabajadores por sus derechos también aumentaban–. A esto se sumó también el prejuicio de sectores sociales molestos por el ascenso de las clases populares. Los discursos contra los subsidios estatales o contra los planes sociales: “Me sacan plata para dársela a otros”. O estas otras ideas: “Yo todo lo hice por mi propio esfuerzo, a mí nadie me regaló nada”. Ideas o percepciones que olvidan que las intervenciones estatales generan derrames diversos en toda la sociedad: más trabajo, más consumo, etc. Así se fue produciendo una articulación bastante novedosa de los poderes fácticos, una coalición que articulaba al sector financiero, al sector corporativo, al sector judicial, y al comunicacional. En toda América Latina aparecen estas coaliciones en torno a la idea de “cambio de ciclo”, el planteo de que el populismo asociado a la corrupción ya fue, de que se necesita menos intervención estatal y más iniciativa privada.

–¿La coincidencia de estos fenómenos a nivel regional expresa también otros intereses geopolíticos?

–Así como hubo una ola progresiva en toda la región cuando EE.UU. descuidó su “patio trasero” después de los atentados de 2001 y se enfocó en Asia, sobre todo en Irak y Afganistán, ahora vemos esta ola en sentido contrario, que arranca después de la crisis de 2008, cuando EE.UU. parece darse cuenta de que China ha trazado vínculos muy fuertes con la Unasur y América Latina en general y les surge la preocupación de que este bloque se autonomice. Su interés por desarmar este bloque forma parte de la lógica regional contra los gobiernos “populistas” que estamos atravesando. Eso también es posible porque, en la década anterior, se avanzó mucho en la institucionalidad regional, pero tal vez no tanto en factores económicos importantes: no se terminó de conformar el Banco del Sur, no se terminaron de generar asociaciones en aspectos productivos, en comercio interregional, para potenciar más la región y hacerla más independiente de los organismos internacionales de financiamiento.

–¿Qué concepción del Estado tiene el neoliberalismo tardío?

–Una característica novedosa es que este es un gobierno de CEOs: por primera vez, empresarios de las grandes corporaciones ocupan ministerios nacionales, algo que antes sólo había ocurrido excepcionalmente. Esto tiene que ver con el tipo de poder fáctico que toma o captura el Estado y de subjetividades que se están construyendo desde lo comunicacional. La idea que está detrás es que, si los CEOs son exitosos en el sector privado, van a hacer un Estado “no corrupto”, “transparente” y “eficaz”. Los gobiernos anteriores concebían al Estado como una herramienta para impulsar el desarrollo productivo. En la concepción de los CEOs, del homo corporativo, el Estado debe impulsar los negocios del sector privado, lo que potencia el riesgo de “la puerta giratoria”, es decir que estos empresarios favorezcan a las corporaciones que los catapultaron a ese lugar. En el sector Energía fue muy claro esto. Se pone al derecho de las empresas por sobre el derecho de los trabajadores, de los consumidores, y de los ciudadanos en general. 

–¿Qué sectores son los grandes ganadores de este modelo?

–El Estado está haciendo una feroz redistribución regresiva de la riqueza, desde el conjunto de los trabajadores y los sectores medios hacia los sectores minoritarios que impulsaron esta coalición: las finanzas, la energía, la minería, los agroexportadores, la comunicación concentrada. Estos sectores son los grandes ganadores. A esto se agrega que se trata de clases rentísticas, ya que las elites latinoamericanas no son elites caracterizadas por la inversión productiva, buscan rentas extraordinarias sobre la tierra, la minería, los precios de los servicios públicos, el vaciamiento de empresas públicas para luego privatizarlas, etc.. Y, en su sentido de elite, sienten que eso les corresponde por derecho. Por dar un ejemplo en contraste: en Corea, un país que se pudo desarrollar, las elites también son millonarias pero siempre han tenido una regulación estatal que las ha obligado a tener responsabilidad social; el Estado las protege arancelariamente pero les exige inversión. Acá, las elites se sienten las dueñas de la sociedad. Es parte de un proceso que viene desde mediados de los ‘70, cuando termina el impulso al estado de bienestar y comienza el ascenso neoliberal, que es una suerte de ‘rebelión de las elites’. Estas se vuelven cada vez más ricas y tienen cada vez más poder, un poder cada vez más asimétrico respecto del pueblo. La revolución tecnológica, la transnacionalización, les permite por ejemplo fugar miles de millones de dólares con solo apretar un botón. Y se intenta naturalizar esto como válido o legal, cuando no deja de ser una suerte de corrupción estructural o saqueo. Una característica del estado de bienestar era su progresividad: el que más ganaba, pagaba más impuestos. Ahora los que más pagan no son los que más ganan. Los que más ganan no pagan impuestos y lo consideran legítimo.

–¿Qué discursos acompañan o justifican este nuevo rol del Estado?

–Es una reforma del Estado que se presenta como gobiernos “abiertos”, “digitales”, como si se tratara de gobiernos participativos, pese a que las decisiones estratégicas nunca pasan por la sociedad. Acá hay una idea fuerte, que es la de la “sociedad de la transparencia”, frente a la opacidad de la política, que es vista como ventajista, corrupta, omitiendo su sentido colectivo y de bien común. Hay una ausencia de la mediación política partidaria, porque esta subjetividad que se interpela es antipolítica. La simplificación que termina capturando al imaginario social dice que todo lo anterior fue corrupción y que el éxito está asociado a lo privado. Se apunta a romper el contrato social del estado de bienestar, del Estado para el desarrollo, planes sociales, universalidad de servicios, en favor de un modelo de negocios, que privilegia el derecho de las empresas por sobre el de las personas. Es otro contrato social que quiere que nos olvidemos del Estado y que promueve la lógica del emprendedor: tipo just do it!, pero sin condiciones estructurales para que ello ocurra. 

–El emprendedor como contrafigura del trabajador con conciencia de clase.

–Claro, el trabajador sindicalizado es vinculado con la burocracia, dependencia, mientras el emprendedor es lo libre... Ahí se ven los hilos de esas subjetividades que se van interpelando. En realidad, el modelo basado en el emprendedor funciona bien cuando hay mucha inversión en investigación por parte del Estado, cuyos resultados después sí puede aprovechar el sector privado.

–¿Cómo se llega a interpelar y producir a esas nuevas subjetividades?

–Hay un rol más importante de las comunicaciones personalizadas, del discurso de la identificación (“juntos podemos”), el discurso entre zen y paternalista (“me duele en el alma cada aumento”). Se trata de un discurso que se presenta como no político y que tiene el objetivo de construir un nuevo sentido común, diferente del que construyó el estado de bienestar, la sociedad del trabajo, de los derechos sociales, se apunta a deconstruir ese imaginario popular y a contrastarlo con un nuevo relato, más individualista (“yo me hice solo”), donde incluso los sectores populares internalizan la ideología dominante (“qué bueno que eliminen los subsidios, qué bueno que suban las tarifas”). Esa es la batalla cultural. La deconstrucción o fragmentación del demos apunta a que las personas no se sientan parte de un pueblo, de una comunidad, de un proyecto político común. Por eso es un relato que apela a tu individualidad: “No esperes nada del Estado, ni de la política, ni de lo colectivo”. Esa deconstrucción del demos tiene dos vectores. Por un lado, la fragmentación de la oposición: el espacio nacional popular, el peronismo, es fragmentado o cooptado todo lo posible para que la fuerza gobernante no encuentre una oposición unida. Pero no sólo se fragmenta al sistema político, sino que también se atomiza a la sociedad: se trabaja con la sociedad con la misma lógica que con el mercado y, a través del Big Data, se la segmenta por grupos de interés, con distintos mensajes para cada grupo. Durán Barba es un experto en esto.

–¿Cómo opera, en ese contexto, el recurso a la judicialización de la política?

–En parte, la fragmentación de la oposición se basa en esto: con algunos se negocia y con otros no porque son “delincuentes”. Se trata de construir al adversario político en un delincuente. Eso significa cierto control de la Justicia y de los jueces federales y la aplicación de teorías relacionadas con el lawfare (la guerra jurídica), según las cuales la Justicia es aquello que sentencia un juez y no tiene que ver con los procedimientos, ni los códigos. Es lo que permite las lógicas del “arrepentido”, de “las detenciones preventivas”, de ignorar la presunción de inocencia, la idea de “los vínculos residuales” que podría tener un ex funcionario, toda una serie de argumentaciones que llevan a una erosión del Estado de Derecho y a la pérdida de independencia de la Justicia respecto del poder político.

–¿Cómo desmontar a la retórica que reduce la política a la “lucha anticorrupción” sin asumir una defensa de la corrupción?

–Lo importante es cómo desarmar un discurso que tiene visos de ser real, y por tanto puede ser hegemónico, pero que es dual, de doble estándar. La corrupción de la que se habla es una corrupción clásica, la relacionada con la cartelización de obras públicas, los sobornos, la patria contratista, el financiamiento de la política. Al menos de la dictadura hasta acá esto ha tenido cierta vigencia, sin ser un problema local sino regional y global. Pero en este caso se asocia la corrupción sólo con los funcionarios y con el Estado y la política, incluso se lleva esa figura al extremo con la idea, sin pruebas, de que un gobierno democrático puede ser una “asociación ilícita”. Pero, a la vez, hay una figura de corrupción estructural que tiene que ver con: vos acumulás y evadís; vos tenés una, dos, tres sociedades offshore; vos endeudás y hacés transacciones con bancos de los que formaste parte, en una suerte de “puerta giratoria”; o tomás el fondo de protección de las jubilaciones en 60 mil millones de dólares y lo dejás en 30 mil millones, o vaciás una empresa como Aerolíneas Argentinas en favor de aerolíneas low cost de tu propiedad. ¿En qué se gastaron los 100 mil millones de dólares de deuda? Todo eso parece aceptado, legalizado, la elite considera que todo eso le corresponde, pero también eso es delito económico o corrupción, solo que no se imputa o procesa. Hay una corrupción que uno podría denominar “de acumulación por desposesión”: con el argumento de que hay déficit fiscal, como no hay plata para pagar la deuda tomada por la elite gobernante, se les quitan fondos a los jubilados, actuales y futuros. Se acumulan recursos que correspondían a los ciudadanos.

–Mirar esta construcción de un nuevo sentido común sólo desde la perspectiva del poder, desde la perspectiva del neoliberalismo, ¿no implica subestimar a los sectores populares y a su capacidad para reinterpretar lo que les llega “desde arriba”?

–Por supuesto que hay una resignificación, una reelaboración del discurso neoliberal y resistencias a éste, y es lo que expresan los movimientos sociales, los gremios docentes y de trabajadores de la salud, el movimiento de las mujeres contra la violencia de género y por la despenalización del aborto, los movimientos de consumidores que apelan a formas de la desobediencia civil, etc. Se están produciendo reapropiaciones y decodificaciones del discurso neoliberal y, aunque todavía faltan visiones más articuladas, ya observamos síntomas de crisis en este neoliberalismo tardío.

–¿Dónde observa esos síntomas de crisis?

–Hasta fines de 2017, cuando Cambiemos gana las elecciones de medio término, la gente pensaba que la elección presidencial iba a ser un paseo en 2019. Pero este año ya empezaron a volverse evidentes las consecuencias sociales del modelo: una redistribución regresiva del ingreso que aumenta la pobreza, la desindustrialización por apertura de importaciones que genera la pérdida de 90 mil empleos industriales estables, el aumento del empleo precario... Todo esto lleva a sociedades más desiguales. Se busca la competencia internacional por bajos salarios y por bajo consumo. ¿Por qué se busca que la gente consuma menos? Para poder vender más hacia fuera. Es el conflicto tradicional de la balanza de pagos. Como consumimos lo mismo que exportamos, el imaginario que se pretende cambiar es el del nivel de consumo: “vos sos pobre, no tenés por qué creer que podés comprarte una TV nueva o un auto, ni que podés viajar al exterior”. El problema es que las fuerzas contractivas son más fuertes que las productivas. Hay más tendencias a la recesión con inflación que a un modelo exitoso de exportación de commodities. Nuestra balanza comercial es deficitaria. Las tasas de crédito son altísimas, ningún modelo productivo puede funcionar así. Al contrario, se estimula un modelo extractivista y de financierización de la economía, no el desarrollo ni la economía real. Para bajar la inflación, aplican un ajuste fiscal. Pero al mismo tiempo dolarizan y suben los precios de la energía. Así no hay manera de bajar la inflación, por eso tenemos recesión con inflación. Parte de los sectores medios comenzaron a darse cuenta de que son el pato de la boda. Pero la preocupación también se extiende a parte del “círculo rojo”. Parte de la UIA ve que no tiene crédito y tampoco tiene demanda. Los contratistas del Estado ven que disminuye la obra pública porque hay que pagar más deuda externa. Hay un bloque social que se está resquebrajando. También hay tensiones institucionales, desde clivajes internos en el Gobierno, en el ala más política de Cambiemos, hasta un desprestigio importante de una Justicia no independiente.

–¿Ve posible la conformación de un espacio opositor con capacidad para disputar el poder en 2019?

–Creo que sí, existe la oportunidad para construir una opción opositora con posibilidades, pero eso no necesariamente significa que pueda ganar un cambio de modelo. Veo al menos tres riesgos. Uno sería que la sucesión sea el opo-oficialismo, es decir, el mismo modelo con algunos parches, sostenido por sectores del peronismo “dialoguista” que en el fondo coinciden con los lineamientos estratégicos del modelo. Si hay alternancia en ese sentido, no habría cambio de modelo. Otro riesgo, es la profundización de una opción más hacia la derecha, como ocurre en Brasil, que derivarían de la proscripción de CFK, como con Lula en Brasil. Y el otro riesgo es que la oposición real no sea lo suficientemente amplia y no interpele a todos los sujetos afectados; sería el error de no integrar a todos los sectores afectados por este modelo, desde la economía popular y los consumidores hasta pymes y también otros empresarios. En estos nuevos tiempos, la asimetría de poder entre las elites y los intereses mayoritarios requiere reconstruir a una mayoría electoral de la forma más amplia posible. Con las ideologías clásicas de la modernidad ya no alcanza, es necesaria otra comprensión de la subjetividad de los afectados, de las nuevas formas de participación social, de las redes sociales y nuevos actores movilizados. La sociedad cambió, necesitamos una coalición partidaria muy abierta y amplia, que sea capaz de asumir nuevas formas de comunicación. Este neoliberalismo, esta posverdad y pospolítica del Gobierno tiene una capacidad muy alta para fragmentar y comunicar, y es necesario poder contrarrestarla.

* Doctor en Filosofía e investigador del Conicet y Flacso, García Delgado analiza las características del modelo neoliberal instalado en Argentina y Latinoamérica, las subjetividades que interpela, el creciente poder de las elites y las posibilidades de construir una alternativa.

Fuente: Diálogos de Pagina 12